jueves, 1 de diciembre de 2011

Todo lo que Sangro

Todo lo que Sangro
Por William O. Nájera

Alguien recibió una carta el otro día. Era una fría mañana de Navidad, la nieve había cubierto el paisaje la noche anterior dejando una bella postal; la familia se encontraba dentro, feliz, celebrando, y ella había salido por la correspondencia. Al verla notó que no tenía remitente e, intrigada, la abrió ahí mismo para saber lo que decía. Decía que para quien la encontrara, el destino la había puesto en sus manos. Justo en ese momento, justo en ese lugar, en ese día y a esa hora exacta, esa persona estaba destinada a tenerla. No decía quién la escribía, pero sí decía para qué. Quien la había escrito había hecho una confesión: Quien leyera tal carta iba a ser la única persona que supiera la razón de su muerte. En un día cercano, él se iba a suicidar.
Al principio ella creyó que era una broma, pero mientras leía, la intriga que tenía se iba convirtiendo en creencia. Él explicó el vacío en su vida, cómo siempre había usado un disfraz del que nadie se había dado cuenta y simplemente un día decidió quitarse la vida. No le dijo a alguien, no le confesó a nadie lo que iba a hacer, pero la emoción estaba oprimiendo su pecho. Era una emoción demasiado grande para quedarse con ella. Así que tomó un trozo de papel y escribió lo que sentía; cómo la vida lo había tratado mal y todo lo que amaba se había ido en vano… Y metió todo en una carta, sabiendo que quien encontrara esa carta iba a ser quien tuviera qué entenderlo todo. Escribió un nombre y una dirección al azar, y sorprendentemente la carta llegó. La dirección era la misma y parecía que el nombre lo había tomado de una vieja amiga.
Ella quedó conmovida hasta las lágrimas, era tal una visión tan hermosa de la vida… Sólo que en algún momento él se dio por vencido. Él escribió que al momento de partir sería libre, como las aves del cielo; y volaría por la eternidad. Todo lo que había sufrido, todas las penas, todo el dolor que había sentido, en ese momento se iba con él.
Ella pensó en ayudarlo. Si podía salir por la televisión pública, quizá él podría verla. Podía publicar en los periódicos un aviso general, pidiéndole que no lo hiciera. Podía buscar su nombre en el directorio telefónico, podría aparecer (aunque él no lo había escrito, ella ya se lo había imaginado); y hablaría con él como si fueran un par de buenos amigos. Las cosas podrían darse… Ella y él serían amigos hasta que por la voluntad de Dios uno de los dos partiera. Aunque no conocía siquiera su nombre, ella realmente se había preocupado por él. No había escrito cuándo iba a partir, sólo decía que antes de comenzar el año nuevo; quizá aún había algo de tiempo. Quizá…
Al final de la carta había un último deseo: Que quien recibiera esa carta jamás se lo contara a alguien. Sería como su pequeño trato, su pequeña complicidad. Era un secreto que él compartiría por siempre con ella, a quien jamás había conocido, pero la eternidad los había unido para siempre. Pidió respeto y exigió que se respetara su última voluntad. Pero también dio un último grito: Si ella se decidía y su fe era mucha, que lo salvara y le convenciera de que valía la pena vivir. Aunque no lo pareciera, él quería vivir. Y daba la fecha de su último día en la tierra para que quien tuviera la carta en sus manos lo buscara. Ese día, al caer la tarde, él dejaría todo atrás. Antes de ese día aún había tiempo suficiente. Ese día había pasado ya: El 24 de diciembre, la víspera de Navidad.
Ella soltó  un par de lágrimas, las dejó caer al suelo pensando que podía haber hecho algo antes, pero también sabía que no era su culpa, el correo había llegado ese día. En su duelo ella trató de culpar a todos: Al servicio postal, a sí misma, a él por haber tomado esa decisión tan absurda... Pero luego recapacitó; todos habían sido víctimas de las circunstancias, no era culpa de nadie.
Así que sólo sonrió pensando en lo que él había escrito: Que sería libre como las aves del cielo. Y guardó la carta en su abrigo; lo que había leído jamás a alguien lo diría, pero ella lo recordaría por siempre. Guardaría en su mente la impresión del amigo a quien había conocido un día después de dejar este mundo, pero que la acompañaría por siempre.
El viento sopló y ella ajustó su abrigo. La carta salió del abrigo y se fue volando con el viento. Ella trató de alcanzarla, pero la carta ya iba muy arriba. No se enfadó con el viento, sólo sonrió. La carta había volado al cielo, igual que su escritor.
Así que sólo limpió las lágrimas de sus ojos para que no notaran que había estado llorando y entró a su casa a pasar el día de Navidad con su esposo y sus hijos. Tuvieron una linda Navidad ese día.
Cerca De ahí, en las ramas de unos árboles viejos, la carta descansaba en paz entre la nieve. Detrás del sobre sólo había una palabra escrita: Esperanza.

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